Una de las aventuras que más me han marcado, sin duda ha sido el día que conocí a un peculiar viajero estadounidense de 75 años de edad llamado Jim Brennan, mientras me encontraba recorriendo la carretera del municipio de Mulejé en Baja California Sur a mediados del 2018.

Recuerdo perfectamente que me acababa de bajar del ride en una desviación que conducía a la entrada de un pueblo sobre la carretera transpeninsular. Me encontraba en pleno desierto en medio de la nada a altas temperaturas de la tarde, esperando el ride sentado abajo de la única sombra que daba un viejo espectacular desgastado que se encontraba a un costado de la carretera.

El calor era apenas soportable, el agua de mi botella estaba caliente como un té y sabía que el peligro bajo esas condiciones era latente. Sin embargo, tenía mis sentidos alerta y mi confianza inquebrantable que me mantenían positivo y me hacían sentir seguro a pesar de estar ahí solo, entre un paisaje infinito de arena dividido por una franja de pavimento en donde parecía verse charcos de agua, pero que solo eran espejismos.

De pronto, a lo lejos veo una silueta blanca a una orilla de la carretera que se acercaba cada vez más, hasta que logré distinguir a una persona con lentes oscuros, vestida con ropa de color blanco sujetando una sombrilla cubierta por encima de papel aluminio. En ese momento pensé que algo no andaba bien conmigo y que probamente estaba comenzando a alucinar, pero todo era tan real y me sentía bien. Lo que no me cuadraba en mi mente, era el hecho fortuito de coincidir en el mismo día y preciso momento con otro loco a parte de mí y en el mismo lugar.

Al encontrarnos a unos cuantos metros de distancia, inmediatamente le grite ¡Hola! Y él me contestó ¿Speak english? Ahí supuse que era un hermano viajero del camino y le dije “so – so”. Me preguntó en inglés si podía descansar a un lado mío debajo de la sombra a lo que respondí con un ¡Sure! Lo primero que hice fue ofrecerle agua, pero no la aceptó diciendo “no gracias”, mientras sonreía. Inmediatamente iniciamos una conversación, al principio confusa por mi inglés limitado, pero que se iba aclarando conforme platicábamos.

Me contó que había iniciado hace aproximadamente 7 meses atrás con el proyecto de recorrer todo el continente de américa. Nació en Estados Unidos, fue hijo único, nunca se casó ni tuvo familia, estaba pensionado y a sus 75 años, emprendió una aventura desde el kilómetro 0 de Alaska de una forma muy peculiar y que personalmente jamás había conocido antes. Se compró una camioneta a la que adaptó y abasteció para resguardarse y dormir en ella y empezó a recorrer “caminando” rumbo hacia Ushuaia, Argentina (el fin del mundo).

¿Algo no te cuadra? ¿En camioneta y caminando? En un principio tampoco a mí, pero te explicaré. Resulta que mi nuevo amigo Jim hacía el recorrido caminando, pero llevando su camioneta. ¿Cómo es eso posible? Bien, pues todos los días encendía su camioneta y con la ayuda de un dispositivo GPS avanzaba 12 kilómetros, después se estacionaba para continuar a pie 6 kilómetros hacia adelante y regresaba a su camioneta sumando los 12 kilómetros que avanzó conduciendo. De esta manera recorría la misma distancia a pie del continente sin prescindir de su mueble.

Mientras que conversábamos, apareció una patrulla municipal que iba de pasada, pero al vernos se paró a un lado de nosotros y uno de los policías nos preguntó que hacíamos ahí. Jim solo hablaba inglés, así que se me hizo más sencillo decir que estábamos viajando y que todo estaba bien para no dar tanta explicación innecesaria. El policía solamente nos mencionó que tuviéramos cuidado por las altas temperaturas y se retiró.

Poco antes de despedirme y de irme en mi ride, me tomé una foto con él sin saber que sería la primera y última vez que coincidiríamos. Poco después llegué a Santa Rosalía, un antiguo pueblo minero en donde decidí acampar a la orilla de la playa para pasar la noche y continuar rumbo a Tijuana al día siguiente. Cuando amaneció, guardé todo en la mochila y me dirigí rumbo a la salida, pero poco antes me detuvo un policía para avisarme que mi amigo había fallecido ayer por la tarde por un posible golpe de calor e infarto al llegar a su camioneta. El policía pensó que nosotros viajábamos juntos y quería información de sus familiares para repatriar su cuerpo y reclamaran sus pertenencias. Yo le conté como fue que nos conocimos y le dí la poca información que él me había contado en la plática, pero le aclaré que yo era ajeno a su vida.

Para ser sincero, ya no éramos tan ajenos. Él se convirtió en ese momento para mí, en un hermano del camino a quien siempre recordaré con admiración. Su mirada noble, vitalidad y sinceridad que lo caracterizaba junto a lo feliz que lo vi, me hizo darme cuenta lo afortunado que fue al vivir la vida que quería hasta el último instante de ella. Lo que le sucedió no se puede prever y le pudo haber pasado a cualquiera, incluso a mí. Lo que sí es seguro es que algún día todos moriremos, pero solo unos cuantos haciendo lo que queremos.

Después de unas semanas y algunas dificultades más, logre llegar hasta Tijuana satisfactoriamente, pasando antes por otros pueblos y ciudades. En esta ruta de recorrer la baja caminando y a ride decidí dedicársela a Jim, seguro lo habría apreciado.

Nota

Jim también documentaba su viaje, tenía su propio blog y canal de YouTube en donde compartía su travesía, pero no encontré el enlace o talvez fue eliminado por el tiempo de inactividad. La satisfacción que me queda es haberlo conocido y que su historia prevalecerá en este blog para ser conocida por otros, continuando impactando vidas como la mía.